Están ahí, una con la pierna doblada y el pie –que lleva un tenis puesto- encima de la silla, la otra, tan rubia de tacones. Y el saludo es lo de menos, para antes de sentarme ya sé me ha advertido la temática. El mesero se acerca cuando ve mi cabellera explosiva, apenas y veo el menú. Todos los cafés de la ciudad son muy parecidos, aún así veo el menú, el mesero tambalea su pie derecho, la discreción no es con él. Me disculpo y ordeno, lo mismo, ¿para qué variar?. Ellas siguen hablando, yo hago pocos comentarios, no porque no tenga nada que decir, simplemente ellas no han parado de hablar. Y justo cuando decido externar mis pensamientos, las dos explotan en risas. Yo no he entendido nada, y mi cara no me deja mentir; el mesero regresa, en sus manos trae algo que yo no he pedido, y aunque me doy cuenta de esto le digo “no importa, me quedo con ese”, él no se disculpa, no me ve a los ojos, no ve simplemente, está perdido en los movimientos corporales de mi amiga de tacones, donde su busto ha subido y bajado unas tres veces. El mesero vuelve al mundo “¿se les ofrece algo más?”, pienso que se me ofrece un poco de atención de su parte, la bebida equivocada no tiene buen sabor, soy una clienta sumisa y me reprocho lo suficiente. Mi amiga de tacones vuelve a lo suyo, ahora ‘estamos’ hablando de ella misma, de su futuro prometedor. De lo bien que le va sin “ese desgraciado”. Yo sé que no es cierto, y lo peor es que ella también. Mi otra amiga atiende a decir “qué bueno güey”. Yo sé que no ha puesto atención, se la ha pasado viendo la hora en su celular y mandando mensajes, lo peor, es que ella también lo sabe. Y entonces abro la boca lentamente y digo -a tacones- “no tienes que decir eso con nosotras”. La de tenis se inflama, la de tacones empieza a manotear. Yo estoy en mute.
¿Nos vemos el próximo martes?
Claro.

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